Mal día para Selma. Hoy, esta madre siria de tres hijos ha visto cómo su hijo mayor se trasladaba al Líbano. «Mi hijo ha tenido que irse debido a las dificultades. La despedida ha sido muy difícil», dice con lágrimas en los ojos mientras enjuaga unas tazas de café. «No sé cuándo le volveré a ver. Solo pude darle algo de dinero para el viaje. Ni siquiera algo para comer. La última parte la tiene que hacer a pie. Su ropa se la enviaré más tarde». Su historia ilustra la situación actual de muchos cristianos en Siria.

by Dennis Peters

Cuando, en 2011, comenzó la crisis y los terroristas asolaron las casas de los cristianos en Idlib, la familia huyó. «Golpearon contra las puertas para indicarnos que teníamos que irnos porque querían las casas. ¿Quiénes eran? No los conocíamos. Dispararon al aire para asustar a la gente. Todos empaquetaron sus cosas y se fueron». Desde entonces, la familia vive en casa de Johaina, la madre de Selma, en el Valle de los Cristianos, al oeste de Siria. Cuando el esposo de Selma murió en un accidente automovilístico hace tres años, la familia se encontró —de un día para otro— sin sustento alguno y sin ahorros. Su hijo, que entonces tenía 16 años, se ocupaba él solo de la subsistencia de la familia.

A la luz de una linterna a pilas, Selma habla de sus otros dos hijos, su hijo Elian (11) y su hija Marita (16). «Elian piensa como un hombre maduro porque ahora trabaja desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde; ya no va a la escuela. Tiene eccema por cargar madera y muebles», dice. Pero la viuda se preocupa sobre todo por Marita. «Ya ha recibido bastantes propuestas de matrimonio porque es muy guapa. Además parece mayor de lo que realmente es. Para ahorrar dinero, va caminando a la escuela, incluso cuando llueve. Pero un chico de fuera del valle intentó llevarla con él la última vez». Selma está orgullosa de su hija: «ganó el primer puesto en una olimpiada regional de química y matemáticas. Pero no teníamos dinero para viajar a Homs para la competición nacional».

Cuando su hija Marita se quemó la pierna y nadie de su entorno podía ayudar a Selma a pagar el tratamiento y los medicamentos, se dirigió al Centro de la Iglesia católico-maronita en Marmarita, que cuenta con el apoyo de Aid to the Church in Need. Allí conoció a Majd Jalhoum (29) y al hermano de esta, Elie (31), que desde hace siete años —junto con un equipo de jóvenes miembros de la Iglesia católico-maronita— ayudan a los numerosos refugiados en el Valle de los Cristianos. Le facilitaron paquetes de alimentos y una aportación para abonar el alquiler. «Sin ellos no tendríamos nada para comer. Antes me dirigía a distintos mercados para comprar a crédito a diferentes comerciantes. Ahora que tengo dinero, primero he de abonar lo comprado a crédito». Para esta viuda, la fe es algo muy importante: «Sin la ayuda de Dios, la Virgen María y Elie, del centro, yo no existiría ya». Lo que más desea Selma es un trabajo y tener de nuevo casa propia…. pero no en Idlib. Incluso cuando vuelva la paz, ella no quiere regresar. «Mi casa ya no está allí. De mis vecinos cristianos, nadie quiere regresar».

 

Estudios

La historia de Selma es un buen ejemplo de la realidad de muchos cristianos en Siria, como demuestran los estudios realizados por Aid to the Church in Need sobre la situación de los cristianos. Con la ayuda de las diócesis, un pequeño equipo se dirige a las parroquias de toda Siria para averiguar exactamente cuántos feligreses se han quedado, cuántos han huido, han sido secuestrados o asesinados. También se catalogan los propietarios de iglesias que han sido dañadas o destruidas. Aunque todavía no se conocen los resultados, son ya evidentes tendencias inquietantes. Por ejemplo, hay un gran número de jóvenes cristianos que acaban de dejar el país para no tener que luchar (más) en la guerra. El retorno es difícil; de acuerdo con una regulación legal que data de antes de la guerra, un retorno solo es oficialmente posible después de cuatro años y después de un pago de alrededor de 7.000 euros. Para los muchos jóvenes que reciben un salario escaso en países vecinos como Líbano, Jordania y Turquía, se trata de una suma considerable. Una preocupación con respecto a la presencia cristiana en el país es que las mujeres que se quedan se casan con musulmanes durante este tiempo… lo que inevitablemente lleva a que los niños no sean bautizados.

Al igual que Selma, una parte de los refugiados —independientemente de que hayan huido dentro o fuera del país— no quiere regresar. Algunos han perdido sus pertenencias como resultado de la guerra. Otros han reconstruido sus vidas en otros lugares y no están precisamente entusiasmados con la idea de verse envueltos en la inseguridad de un nuevo trabajo y un nuevo hogar en un país que ha sido enormemente destruido y tiene un alto índice de desempleo. Además, existe una profunda desconfianza hacia los antiguos vecinos musulmanes que participaron en la conquista y ocupación de algunos lugares por extremistas. Como resultado, ahora solo hay una pequeña comunidad de fe en lugares cristianos históricos… y esto, a pesar de que la presencia de la Iglesia en estos lugares se remonta al siglo I después de Cristo. Es discutible que el tiempo pueda curar esas heridas.

Signos de esperanza

Por otro lado, los cristianos están regresando a los lugares que menos se hubiera esperado. Un ejemplo es la familia de Reznan Berberaska (22) de Homs. Su casa, que se encuentra ubicada en el antiguo frente, fue renovada a lo largo de ocho meses, lo cual es un pequeño milagro si se observa desde el balcón la destrucción que muestra la calle. Reznan, que quiere ser farmacéutico, señala las sillas de plástico y el tendedero lleno que se puede ver más abajo en la calle a través de grandes agujeros en la fachada. «También allí están ocupados construyendo». La iglesia en Siria espera un punto de inflexión similar al de la llanura de Nínive en Irak. Antes de la retirada del llamado Estado Islámico, sólo el 4% de los refugiados locales querían regresar a sus casas. Dos años después, el 45% de las 12.000 viviendas destruidas han sido restauradas y las familias han regresado realmente. Un comité de las mayores comunidades religiosas de Homs firmó la semana pasada un acuerdo con Aid to the Church in Need para reconstruir varios centenares de casas. Con muchas oraciones y ayuda de fuera, el sueño de Reznan de Homs quizá pueda hacerse realidad: «que la calle vuelva a ser lo que era antes». En vista de la migración de los cristianos en Siria, por un lado, y de la necesaria restauración de casas e iglesias, por otro, las expectativas son más bien malas: Siria nunca volverá a ser lo que era, nunca volverá a ser el mismo país.